A veces siento vergüenza de ser hombre y no por no estar de acuerdo con el sexo que me ha tocado sino por la carga histórica que llevo a mis espaldas. Me he montado en este mundo cuando las alforjas ya estaban llenas de prejuicios. No me siento responsable pero sí marcado. Siglos de persecución de la homosexualidad, el sexo como pecado, el horror del absolutismo del varón o la sumisión de la mujer son las cicatrices que porta de nacimiento nuestro cortex cerebral, motor del subsconsciente individual y colectivo y eje de discusión profesional
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Los varones con el beneplácito traidor de algunas mujeres alienadas, han manejado a voluntad la historia de la sexualidad. Hombres que han impartido Doctrina sobre lo Humano y lo Divino y que, con la siempre eficaz estrategia del miedo, han mantenido a raya cualquier desviación "contra natura".
Sufro por todas las mujeres maltratadas desde el amanecer del Imperio.
Sufro por los homosexuales ocultos por el miedo y resignados en soledad de toda la Historia.
Sufro por los castos a la fuerza que existieron y existirán.
Sufro por todos aquellos que no han podido disfrutar de una sexualidad libre, con información.
Y maldigo a las confesiones que han contribuido a que todo esto me impida dormir con mi conciencia colectiva lo suficientemente tranquila.